Un cuento mágico sobre sentirlo todo… y aprender a proteger la música interior
En Cuttielandia, donde los sentimientos se tocan y los colores tienen sonido, hay unas tierras
secretas que nadie encuentra en los mapas: el Bosque Dormido.
Allí los árboles no hablan, el agua no canta, y las estrellas parecen haberse olvidado de mirar
abajo.
Durante siglos, nadie pudo cruzarlo.
Hasta que una criatura llegó caminando descalza, con los ojos bien abiertos y el corazón
despierto. Una criatura que lo sentía todo. Su nombre era Berry Belle.
No era que escuchara mejor que los demás.
Era que su corazón tenía orejas.
Y cada emoción que flotaba cerca, le tocaba por dentro.
La alegría le hacía cosquillas.
La tristeza le apretaba el estómago.
La rabia ajena le ardía en las manos.
Y si alguien mentía con una sonrisa… lo notaba en el aire.
Algunos decían que era intensa.
Otros, que era “demasiado”.
Pero Berry Belle sabía la verdad:
no era que sintiera mucho.
Era que no sabía fingir que no sentía.
Y aunque a veces eso la cansaba, nunca quiso ser diferente.
El día que comenzó esta historia, todo Cuttielandia hablaba del mismo misterio: el Bosque
Dormido.
Nadie había logrado cruzarlo. Los mapas lo esquivaban. Las brújulas se volvían locas.
Decían que allí se perdían los que no sabían escuchar.
Y que, una vez dentro, olvidabas quién eras.
—Nadie puede atravesarlo —dijo Coco Joe, repasando los datos—. Todo se desordena ahí
dentro.
—¡Pues yo lo cruzaría saltando! —gritó Melly Moon—. A lo loco, ¡zas, zas!
Berry Belle no dijo nada.
Pero sintió algo. Un latido bajito, como un tambor muy lejano, llamándola desde lo profundo.
Esa noche, sola, decidió ir.
No para demostrar nada.
Sino porque algo en ella decía: “Alguien ahí dentro me necesita.”
El viaje no fue fácil.
Berry caminaba con las manos apretadas.
Sentía cada emoción como una piedra en el pecho.
Y entonces… ocurrió.
En un claro invisible, tropezó con una trampa mágica que nadie había visto.
El suelo se volvió música discordante.
Ruidos, risas, llantos, chasquidos… todo a la vez.
Berry se cubrió los oídos, mareada, temblando.
—¡Basta! ¡Basta ya! ¡NO PUEDO MÁS! —gritó, cayendo de rodillas.
El bosque enmudeció.
Su propio grito la sorprendió.
No era rabia. Era desborde. Era demasiado.
Y fue entonces cuando los vio.
Colgando de una rama baja, suaves y redondos: unos cascos mágicos que solo funcionaban
sobre las orejas adecuadas.
Los tomó con cuidado.
Se los puso sobre los oídos.
Y, por primera vez en mucho tiempo… el mundo se calló.
El ruido se volvió murmullo.
El caos se convirtió en ritmo.
Y dentro de sí, volvió a escuchar lo que más le importaba:
su propio latido.
Más tranquila, siguió caminando.
No con prisa, sino con intención.
Y así fue como llegó al centro del Bosque Dormido.
Allí, sobre una piedra antigua, yacía una criatura inmensa, hecha de ramas vivas, savia dorada
y raíces suspendidas en el aire.
No estaba herida.
Estaba desconectada.
Era el Latido del Bosque.
El corazón olvidado de todas las emociones que alguna vez importaron.
Dormido desde que nadie tuvo el valor de escucharlo de verdad.
Berry Belle se acercó.
No lo tocó.
No lo despertó con magia.
Solo se quitó los cascos, cerró los ojos…
y le ofreció su emoción entera, sin defensa, sin miedo, sin medida.
—Yo también he sentido tanto que quise apagarme —susurró—.
Pero aprendí que cuando alguien te mira sin prisa, sin juicio…
vuelves.
Y entonces, lo hizo.
El Latido abrió los ojos.
Primero uno.
Después, el otro.
Y en un golpe seco de tambor, el bosque volvió a respirar.
Las raíces se estiraron.
Las hojas susurraron de nuevo.
Y en el aire se alzó un sonido tan antiguo y tan hermoso,
que todos los que estaban lejos lo sintieron en el pecho, sin entender por qué…
pero sabiendo que algo acababa de despertar para siempre.
Cuando Berry Belle regresó a la aldea, no dijo una palabra.
Solo se sentó junto a Coco Joe y Melly Moon, como si todo siguiera igual.
Pero no era así.
Porque en cuanto el sol cayó y la oscuridad abrazó la tierra,
una luz comenzó a nacer desde su pecho.
—Berry… —murmuró Melly, con los ojos como lunas llenas—. ¿Qué es eso?
Coco Joe se inclinó, atento.
Y lo vieron.
Un corazón brillante, marcado en el centro de su pecho, como una semilla encendida.
No era fuego.
No era adorno.
Era vida.
Era latido.
No pulsaba al ritmo del miedo.
Ni de la calma.
Pulsaba al ritmo exacto de alguien que ha sentido tanto…
que puede sostener el mundo cuando tiembla.
“Lo siento todo.
Y por eso puedo devolverle el pulso a lo que estaba a punto de apagarse.”
Desde entonces, si en Cuttielandia todo parece quedarse sin alma,
si una emoción grande amenaza con romperlo todo,
si hay un silencio que duele más que cualquier grito…
Se dice que Berry Belle puede aparecer.
No para silenciar.
Para traducir.
Para escuchar donde nadie escucha.
Para notar lo que todos pasan por alto.
Para sentir tanto… que el mundo, cerca de ella, se atreve a sentir también.
Con sus cascos en mano.
Y con un corazón que no se ve en la luz…
pero que, en la oscuridad, brilla cuando algo que estaba a punto de apagarse… vuelve a latir.
Porque ese es su don.
Ella no calma.
Ella reconecta.
Berry Belle deja algo que nunca olvida el lugar por el que ha pasado:
Una emoción salvada.
Una emoción sostenida.
Una emoción que, por fin… encontró a alguien capaz de sentirla entera.