Un cuento sobre la creatividad que salta, el valor de probarlo todo y la belleza de encontrar tu
propio ritmo.
Melly Moon no nació en línea recta.
Nació en una curva.
En un claro redondo del Bosque Saltarín, donde el viento cambia de dirección sin avisar y las
mariposas no vuelan… rebotan. Allí, desde el primer día, todo parecía moverse un poco distinto.
Como ella.
Melly creció en zigzag.
Sus pasos nunca fueron iguales dos veces. Su mirada saltaba de un detalle a otro, como si el
mundo estuviera hecho de demasiadas cosas interesantes a la vez. Y su cabeza… siempre iba un
poco por delante de sus palabras.
A veces escuchaba solo una parte de lo que le decían.
No porque no quisiera escuchar, sino porque, mientras alguien hablaba, su mente ya había
abierto tres puertas nuevas.
¿Y si las piedras tuvieran sueños?
¿Y si el tiempo se pudiera pintar?
¿Y si los árboles rieran cuando los abrazas?
Melly perdía cosas importantes…
pero recordaba lo invisible.
Se olvidaba los zapatos, pero sabía distinguir todos los olores del aire antes de llover. Se le
escapaban las tareas, pero recogía canciones que nadie más oía. Donde otros veían despistes, ella
encontraba conexiones.
Los adultos la miraban con ternura… y a veces con cansancio.
—Está en la luna —decían.
Y Melly pensaba, muy bajito:
¿Y si la luna estuviera en mí?
Así fue creciendo.
Empezando mil cosas. Terminando algunas. Dejando otras a medias. No por falta de ganas, sino
porque su curiosidad no sabía caminar en fila.
No siempre era fácil convivir con eso.
En los encuentros del grupo, Melly interrumpía sin querer.
—¡Tengo una idea! —decía, justo antes de que alguien acabara la frase.
O iba a buscar una cosa… y volvía con otra completamente distinta.
—¡Mirad! Este pétalo parece una oreja —decía, feliz.
Pero para entonces, la conversación ya había cambiado de rumbo.
Un día, el grupo se preparaba para algo importante: construir un gran cartel para el Festival de
las Formas.
Había que escuchar las instrucciones, organizar materiales y terminar antes de que el sol se
escondiera.
Coco Joe anotaba cada paso con precisión.
Berry Belle ordenaba los colores según lo que sentía.
Y Melly… Melly observaba cómo la luz atravesaba los hilos de lana. Imaginaba letras que
flotaban. Una “S” que se podía soplar. Una “A” hecha de hojas vivas.
—Melly, ¿has escuchado lo que toca hacer? —preguntó Coco, inquieto.
—Sí… creo… era con colores, ¿no? —respondió ella, dudando.
—Vamos por la parte tres —dijo Berry—. No puedes ir tan atrás.
Melly quiso explicar que había estado atenta… solo que a otra capa de la realidad. Que las
instrucciones, a veces, se le escapan como burbujas. Pero no dijo nada. Bajó la cabeza.
El cartel quedó desordenado.
Nadie la señaló, pero ella sintió ese silencio que pesa más que las palabras. Ese que dice: otra
vez.
Más tarde, cuando el grupo se quedó bloqueado sin saber cómo unir palabras y formas, Melly
tocaba los recortes distraída. Y entonces lo vio.
—¿Y si las formas fueran las letras? —dijo, casi en un susurro—.
—Una luna para la “C”. Una espiral para la “O”.
—Si no caben en línea… pueden caber en forma.
Se hizo silencio.
—No todo tiene que ir en orden —añadió—. Solo tiene que conectar.
Coco parpadeó.
Berry sonrió.
El cartel no quedó perfecto.
Quedó vivo.
—¿Cómo lo pensaste tan rápido? —preguntó Coco después.
Melly se encogió de hombros.
—No pienso de una cosa en una. Todo me llega a la vez. Mientras escuchabais, yo veía los
espacios, los colores, las posibilidades. Cuando pensabais que me había ido… dentro de mí todo
estaba bailando junto.
—¿Como un mosaico? —preguntó Berry.
—Sí —respondió Melly—. Pero en movimiento.
Al día siguiente, Melly encontró a Coco Joe bajo su árbol de pensar. Tenía algo pequeño entre las
manos.
—Lo encontré ayer —dijo—. Me hizo pensar en ti.
Era un reloj de arena. Pero no de los que apuran. De los que solo muestran.
La arena negra caía despacio, como si supiera que ella necesitaba un tiempo diferente. No para
correr más. Sino para quedarse un poco más.
—Cuando todo tenga muchos pasos —dijo Coco—, gíralo. Y haz uno. Solo uno. Mientras cae.
Melly no respondió.
Asintió.
Porque por primera vez, nadie intentaba cambiarla.
Solo ayudarla a sostenerse mejor.
Aquella tarde no hubo planes. Ni objetivos. Solo estar.
Berry jugaba con su bufanda.
Coco hojeaba su cuaderno sin leer.
Y Melly miraba caer la arena.
—A veces siento que mi cabeza es un remolino —dijo, muy bajito—. No es que no quiera
quedarme… es que hay demasiado.
—No tienes que atraparlo todo —dijo Berry—. Puedes dejar que pase.
Melly cerró los ojos.
Y sintió algo nuevo: espacio.
Al caer el sol, el zigzag de su pierna brilló. No oscuro. Sino con un color entre coral y turquesa.
Como una fruta abierta al sol.
—Tu marca está viva —susurró Berry.
Y Melly lo supo:
No era ella el problema.
Era el ritmo del mundo.
Desde entonces, en Cuttielandia, cuando algo se atasca… cuando hay demasiadas ideas…
cuando hace falta un desvío creativo… todos saben a quién buscar.
A Melly Moon.
No porque lo haga todo perfecto.
Sino porque se atreve a probarlo todo.
Melly no sigue el plan.
Lo transforma.
Y siempre lleva consigo su reloj de arena.
No para medirse.
Sino para recordar que una cosa a la vez también puede ser un superpoder.
Porque Melly no es desorden.
Es abundancia.
No es distracción.
Es conexión.
Y cuando el mundo aprende a esperarla un poco…
Melly brilla.